sábado, 29 de enero de 2022
sábado, 1 de enero de 2022
“Crass: Tienen una bomba”. El punk más allá de crestas e imperdibles.
En una reedición ampliada y corregida, este libro refleja la naturaleza de la banda inglesa punk que dejó huella, más allá de por su enérgico y virulento sonido, por construir todo un entramado de propuestas con las que transmitir un compromiso político y moral.

Si siempre es una tarea complicada, y hasta cierto punto inútil, delimitar y definir una generación o una escena musical concreta, todavía más arriesgado significa hacerlo alrededor del punk, un movimiento que ya desde su nacimiento proclamó su efímera existencia y su propósito de dejar un cadáver poco agraciado. Que esas fueran sus intenciones, o por lo menos así manifestadas, no supone que sus enseñanzas, ejemplos y actitudes no hayan tenido un recorrido mucho más largo de lo esperado por sus propios protagonistas. De todo aquel legado, lo más relevante, o lo que mayor implantación ha logrado obtener en generaciones venideras, es la capacidad para construir uno mismo su propio sueño, sin grandes apoyos externos e incluso sin la necesidad de exquisitos talentos, o dicho de otra forma, el llamado “Do It Yourself”. Un término, de valía formal en sí mismo, que sin embargo ha sido recogido por norma general desposeído de una carga social. Pero eso no es sinónimo de que, durante los ardientes coletazos dados por la década de los setenta en el Reino Unido, no brotaran bandas que hicieran de su llamamiento a la movilización y la acción directa un aspecto vital de su idiosincrasia. Tal es el caso de Crass, grupo nunca aupado junto a esos nombres representativos del género pero quienes nunca han dejado de ser tenidos en cuenta cuando de lo que se trata es de reflejar el lazo irrompible entre música y militancia.
La importancia que este colectivo -por usar la terminología que ellos utilizaban- ha ido acumulando con el paso del tiempo se demuestra en el mismo hecho de que contemos en pleno 2021 con una tercera edición de este “Crass: Tienen una bomba” (La Felguera Ediciones), donde se compilan desde letras a panfletos, collages, entrevistas o, lo más importante, algunos de los escritos publicados por la formación y que dan luz a las peculiaridades y la determinación con la que estos jóvenes ingleses se comportaban. Un origen que hay que buscarlo en lo que más tarde sería el auge de las llamadas casas okupas, y que por aquel entonces eran lugares donde se vivía de manera comunal. Precisamente en una de ellas, instalada en Epping (Essex), iba a surgir la entente entre Penny Rimbaud, máximo voceras de la banda y por aquel entonces ya involucrado en subversivos proyectos culturales, y Steve Ignorant, que espoleados por el candente ambiente musical generado a su alrededor emprendieron unos primeros pasos que pronto desembocarían en este aguerrido grupo.
Que a lo largo de las páginas del libro no nos encontremos con pormenorizados análisis de los álbumes de la banda, ni demasiados ni profusos intentos por conectar su estilo a tradiciones o representaciones coetáneas, no es tanto un déficit de la obra sino simplemente el reflejo de una propuesta que centraba su mayor trascendencia en aquello que les hizo distintivos y particulares: un alto compromiso político, social y ético. Tanto es así que, pese a que su estilo era de un carácter acelerado y salvaje, sus proclamas eran lanzadas casi en dirección contraria, porque pese a alzar siempre la voz y lanzar afiladas andanadas contra el stablishment, en el que rápidamente incluyeron a “colegas” como Sex Pistols o The Clash, su decálogo entre otras causas contenía una irrenunciable posición pacifista que, junto a otras defensas poco -o mas bien nada- habituales como las del feminismo, ecologismo o antiracismo, les constituyó en pioneros del anarcopunk.
No hay sin embargo en el contenido de esta obra un intento por elaborar un panegírico o similar, ya que del puño y letra de los interesados no se arredran a la hora de mostrar unos debates internos, cargados de autocrítica, que perseguían el mayor grado de honestidad y coherencia posibles con su postura, lo que les llevó, en no pocas ocasiones, a replantearse su manera de hacer y entender la música. Pero no acaban ahí las reflexiones propias, tanto es así que tras varios excesos etílicos frente al público, decidieron tomar una postura más “profesional” y abogar por una vida sana. Más relevantes e impactantes resultan todavía las rotundas aclaraciones que se recogen, a modo de prefacio al relato-ensayo ”El último de los hippies”, presentado junto a su álbum «Christ – The Album” (1982) y en el que se plasmaban muchos de los objetivos de la banda, y donde su autor, Penny Rimbaud, reniega de cierto romanticismo entorno a su inquebrantable conciencia pacifista o a la hora de considerar al rock and roll como un elemento clave en el propósito de revolucionar y destruir las normas burguesas.
Fue precisamente el carácter menos (auto)destructivo y en contraposición el empeño por tejer redes de solidaridad, pese a partir de la absoluta inviolabilidad de la libertad personal, que exhibía Crass lo que les convirtió en unos habituales a la hora de ser vigilados, y perseguidos, por las leyes. Sus actuaciones y apariciones, siempre plagadas de proyecciones de vídeos y otros tantos mecanismos al margen de la música que animaban el debate y la concienciación, tuvieron que convivir con la continua vigilancia del Gran Hermano, quien no dudó en lanzar sus redes represivas en varias ocasiones, incluso llevando el nombre de la banda a los debates parlamentarios. Un escenario marcado por continuos ataques y contraataques que deparó algún episodio entre lo surrealista y la estrategia geopolítica mundial, como fue su logro de hacer pasar por real una conversación entre Thatcher y Reagan, previamente manipulada, con la Guerra de las Malvinas como telón de fondo, uno de los objetivos más insistentemente golpeados por la actitud de la banda.
Lo que se extrae con clarividencia tras leer “Crass: Tienen una bomba” es que no solo estamos ante un grupo que por sus características se presenta como una especie en sí misma dentro del movimiento punk, sino que pocas formaciones como ellos han hecho gala de una unión tan indisoluble entre arte y reivindicación a lo largo de la historia. Definición que les hace ser un claro ejemplo para todos aquellos creadores que entienden que su obra debe estar ligada íntimamente a su compromiso individual. Pese a las inevitables contradicciones o problemas internos, este colectivo demostró algo que siempre ha sembrado el pavor en las esferas de poder: la demostración de que la unión es posible y puede alcanzar resultados. Crass nunca renunció a esa lucha, y a pesar de ser conscientes de que eso les cerraba las puertas del éxito y el reconocimiento público, jamás dejaron de creer que bajo los imperdibles y las crestas también se podía encontrar la arena de la playa.
martes, 28 de diciembre de 2021
Libro: "Ilustraciones Anti-Autoritarias".
https://viewer.joomag.com/ilustraciones-anti-autoritarias/0050922001640347103?short&fbclid=IwAR0MhhiXR3j5OXLiYcrv_HV-pUQ53H9BGK4vQldL2bftkPp5kWQmNbUSCjM
Ilustraciones Anti-Autoritarias" es un libro ilustrativo donde dibujantes de paises como Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Costa Rica, Mexico, Canadá y España se han puesto de acuerdo en que la consigna sea el nombre de esta publicacion, y que busca mediante tu difusion, llegar a todos los rincones del planeta.
El proposito fué liberar un nuevo espacio. Poner en practica experiencias como la de materializar un libro (sin conocernos personalmente) e incluso sin llegar a hablar el mismo idioma. Esperamos inspirar a nuevos ilustradores a que esto solo sea el primero de muchos libros Anti-Autoritarios, y que sus imagenes sirvan para la futura elaboracion de flyers, carteles o fanzines de todo el mundo.
Ahora que el libro esta editado, buscamos personas e imprentas que estén afines a la contracultura Punk, y que esten interesados en la impresion, difusion y por que no, en la distribucion.
Piratea y difunde!
Libro a color, 94 paginas.
martes, 20 de diciembre de 2011
Acerca del libro de Steve ignorant "The Rest is Propaganda".
...he decidido traducir uno de los pasajes del libro que más gracia me ha hecho porque precisamente creo que deja entrever el motivo de su decisión… Obviamente, solo es un pequeño ejemplo de “costrismo extremo” y él mismo apunta que no siempre fue así y que también hubo otros buenos momentos con gente muy legal y organizada, pero está clarísimo que el hombre, con sus 54 tacos, no estaba por la labor de dormir en ningún suelo otra vez o pasar por el mismo trance que aquí explica... Bueno, ahí va:..
“[…] Los grupos se separan o continúan por todo tipo de razones. Algunas de estas razones nada tienen que ver con la música. Schwartzeneggar en realidad nunca se recuperó de dos errores del principio. Uno fue nuestra furgoneta […] y el otro fue volver al circuito DIY. […] Hubo un concierto en Zurich donde la tubería del lavabo pasaba por detrás de la cabeza del batería, por lo que podías escuchar todo el rato cuando alguien tiraba de la cadena del wáter; donde poníamos calcetines en los micros porque nos daban corriente y donde había charcos de agua en el suelo. U otro en Italia donde esperábamos dormir en el suelo raso de cemento del sitio, que era una fábrica vacía. Yo monté en cólera y un par de nosotros se fueron a la casa de alguien y durmieron en el suelo, en auténtica moqueta. Todo un lujo.
Yo creía haber visto todo esto anteriormente, diez años antes con los Crass, pero estaba equivocado. Nada podría haberme preparado a mí para cierto concierto en Francia.
Íbamos a tocar en un squatt y estar alojados en otro. Nada raro y el tour, organizado por un colectivo llamado Cochise y llevado por un chaval llamado Eric, estaba siendo brillante de principio a fin, por lo que estábamos deseando que llegara. Fuimos al sitio donde íbamos a estar alojados y este chico salió para encontrarse con nosotros. Estaba todo cubierto de suciedad, sus brazos, debajo de sus uñas, su largo y enmarañado pelo… Estaba todo mugriento y parecía cubierto de hollín, como si hubiera estado en una chimenea. Así, naturalmente, le llamamos Sooty (nde: la traducción sería Cubierto de hollín, dejaré tal cual el nombre en inglés).
Sooty nos llevó al local de la actuación. Apestaba a pis, mierda, cerveza pasada y rancio tabaco. Estaba lleno de botellas vacías de la noche anterior y no habían limpiado desde hacía siglos. Había un cable pelado encima del escenario que alguien había puenteado al cuadro principal y el sitio era una nevera. Sooty nos dijo: “podéis tener calefacción o podéis tener el equipo de sonido”. Bueno, será mejor tener el equipo entonces, por favor. Así que lo puso a funcionar, metimos nuestros bártulos, probamos sonido […] y después Sooty nos llevó de vuelta a su okupa, por lo que podíamos comer algo.
Donde vivía era una vieja tienda con una placa de vidrio como ventana que daba a la calle. Tenían hecho boquetes en las paredes para comunicar los edificios de ambos lados. Vivían en un extraño mundo subterráneo con pasajes a través de las paredes y todo alumbrado por velas. Había críos por todas partes y todo el mundo y todas las cosas estaban, como Sooty, absoluta e indescriptiblemente mugrientos.
Sooty nos preguntó si queríamos algo de vino con nuestra comida y yo creí que las cosas iban a ir a mejor. Vale, su higiene personal no es una maravilla y vive en una bomba de relojería, pero al menos hay algo de beber y yo puedo matar por un vaso de vino. Cuando estás de gira, cosas tan simples como una comida caliente o un vaso de vino, pueden levantarte el ánimo tras días conduciendo y te ayudan a sentirte “humano” de nuevo. Entonces Sooty me pasó un viejo tarro de mermelada que habían estado utilizando como pote de pintura y vertió ahí el vino. ¿Eh?, gracias, creo que he perdido el apetito. Si no tenían un jarro limpio para el vino, ¿cómo vendría la comida? ¿En una papelera? Miré a la mesa y todo el mundo estaba pensando lo mismo. Colega, casi que vamos a volver al concierto…
Todo lo que estábamos haciendo era cambiar un agujero de mierda por otro, pero al menos ahora las ventanas estaban abiertas y la gente iba llegando. La sala iba adquiriendo atmósfera a medida que nos acercábamos al escenario, momento éste que se pasa muy bien. Estaba claro que iba a haber una buena entrada de público. Ahora la expectación y la adrenalina empezó a notarse, y era el momento para mi cagada pre-concierto. Así que pregunté: Sooty, ¿dónde están los lavabos? Él me llevo tras la barra, llenó un cubo de agua y me lo dio. Había una piel de cebolla y una zanahoria haciendo remolinos en él. Era otro momento como el del tarro de mermelada. Seguí a Sooty a lo largo de la sala principal y a través de la gente, llevando el cubo, intentando que no se derramara agua en mis tejanos y con la peña diciéndome: “Es Steve Ignorant! Bonjour, Steve!” y después miraban el cubo. Podía haber ido al escenario y anunciar que iba a cagar.
Sooty me llevó al lavabo, apartó a todos los drogatas del camino y abrió la puerta. El mal olor era increíble. No había pestillo, no había luz, solo oscuridad, un sucio cubículo con dos reposapiés y un agujero en el suelo. Bueno, a la mierda. En tiempos de guerra, cualquier hoyo es una trinchera. Le paso a Sooty el cubo vacío que hay dentro, voy a por el mío y lo apreto contra la puerta para mantenerla cerrada. Miro a mi alrededor y no hay papel. Por lo tanto, salgo, encuentro a Sooty y se lo digo. “Sí, dice, no creemos en el uso del papel”. Vale, ¿qué puedo hacer? Se me encendió la bombilla, es esto para lo que sirve el cubo de agua…
Volví de nuevo al lavabo a través de la muchedumbre, aguanté la puerta con el cubo, me bajé los pantalones y acepté la situación. Estaba mirando la piel de cebolla y la zanahoria moviéndose en el agua del sucio cubo, pensando para mí: 15 años en grupos y me encuentro en cuclillas sobre un sumidero. Apuesto a que Bowie nunca tuvo estos lujos.
Hay una cosa de la que estoy seguro: de ninguna manera irá este agua sobre mi trasero… Así, me quito mis Doc Marteens una a una, teniendo cuidado de mantener el equilibrio y por tanto, tratando de no pisar el suelo mojado de meados, me quito los calzoncillos, los rompo y me limpio con ellos. Echo el agua por el agujero y tiro los gallumbos por encima del muro del patio. Trabajo hecho. Vuelvo a la sala y Bob (ndr: otro miembro del grupo) va y pregunta “¿Dónde está el lavabo, Steve?”. Sonrío y le paso el cubo vacío. […]
Tan pronto como termina todo, cargamos el equipo y todos nos vamos a la casa de Sooty. Estamos sentados bebiendo botellas de cerveza, lo cual es perfecto para mí (no quiero volver a ver el tarro de mermelada otra vez), y me entran ganas de mear. Así que le pregunto:
No lo podía creer. Rechazar la sociedad de consumo es una cosa; vivir como animales otra muy diferente. Porque lo que hacían Sooty y sus amigos (cada hombre, mujer y niño en el squatt), era ir fuera a la calle por la noche a cagar como perros. […] Yo le dije: no voy a ir a mear a la calle! Él se encogió de hombros viendo el alboroto, le traía realmente sin cuidado. Me señaló un pequeño cubículo de baño y me dijo: “hay un fregadero ahí, úsalo”. A la mierda. Lo hice. Dejé los buenos modales y me fui para allí. Abrí un grifo y no había agua. Probé con el otro y salió un fino chorro. Empecé a mear y toda la mierda comenzó a salir por el agujero del fregadero. Por favor, no! No, no, no! Pero sí. Algún cerdo cabrón había cagado ahí y ahora todo estaba saliendo para fuera. Y todo el mundo iba a pensar que habría sido yo. […]
Algunas veces, si tienes suerte, puedes encontrarte en casa de gente que cree en la revolución a través de la miseria, conteniendo la respiración y empujando fuerte alguna mierda por el desagüe. […]”.
